viernes 24 de junio de 2011

El esqueleto de la sospecha
En una etapa del tortuoso camino hacia la Nada seguido por el cine Astoria, se le pidió a su propietario un levantamiento cartográfico exhaustivo de todos los edificios de la Plaza de la Merced, para asegurar la adaptación del proyecto a la impronta decimonónica del lugar. Más recientemente, para obtener el informe técnico favorable de las “tecnocasas” en calle Lagunillas, fue necesario hacer el mismo levantamiento de esta calle, y con el mismo propósito, es decir, para que su arquitectura no desentonara con el entorno, si bien en este caso resultaba más difícil saber qué era “desentonar”. Lo que sorprende es que estos miramientos integradores y medioambientales no se apliquen con el mismo celo en un lugar tan delicado, tan representativo y tan exigente con el respeto que una ciudad ha de tener consigo misma como es la esquina del Puerto entre los muelles 1 y 2, la llamada “esquina de oro”.

Recordemos: hace un año un grupo de 40 personas redactó un manifiesto contra la amenaza de construir un supermercado en ese balcón desde el que la ciudad se asoma al mar y, lo que es peor, un edificio de elevada altura con un inconcreto destino cultural. Al manifiesto se sumaron cientos de personas, y si la prensa pudiera dar traslado de los comentarios de estos ciudadanos- con nombre, apellidos, DNI y pié de firma- habríamos podido comprobar que el movimiento 15M despuntaba ya en Málaga con un año de antelación por las costuras desgarradas de nuestro sistema político. La respuesta municipal fue aceptar resueltamente la reclamación ciudadana, anunciando la inmediata presentación de un proyecto alternativo, sin supermercado y sin esa contradicción en los términos que era el mamotreto cultural. (Ya teníamos en Málaga un precedente con la Casa de la Cultura sobre el Teatro romano: disfrazar de cultura a la masa para aplastar la cultura del vacío ). Pero, a la espera del proyecto, lo que han florecido en ese lugar son los esqueletos de cuatro grúas de gran porte que alientan una sospecha fácilmente disipable: basta con que el Ayuntamiento muestre con toda concreción y detalle, mediante planos, fotomontajes y maquetas, cómo va aquedar configurada esa esquina, si se han atendido las reclamaciones ciudadanas o se han impuesto las exigencias de los concesionarios del muelle una vez escampado el chaparrón de la protesta. Por lo pronto podemos tener confianza en el Puerto: ya ha demostrado que acierta cuando rectifica, por ejemplo, al reconvenir a los concesionarios que el supermercado no se avenía con las condiciones del Pliego de adjudicación, o proponer el Palmeral de las Sorpresas en el muelle 2, una obra finísima cuyo principal mérito corresponde a la pericia del arquitecto Jerónimo Junquera, sí, pero sin olvidar que fue el empeño de unos ciudadanos- “jauría civil”, se les llamó- lo que consiguió arrancar de ahí un enorme Centro Comercial para que en su lugar hoy se despliegue ese honroso trasunto moderno del Parque. El Palmeral podrá gustarle más a unos que a otros, pero una cosa es cierta: desde el primer momento sabíamos cuál iba a ser el resultado porque se exhibieron maquetas y dibujos que eran fiel reflejo de lo que finalmente ha sido. Lo mismo se puede decir de la Plaza de la Encarnación de Sevilla con las “setas” del conjunto “Metropol-Parasol”; gustarán o no, pero nadie se podía llamar a engaño porque desde la resolución del concurso de ideas se cumplió con el inexcusable trámite de mostrar abiertamente el proyecto, sin rehuir la polémica.

Las exigencias de la administración urbanística han enriquecido el diccionario con modismos como “cosido de tramas”, “permeabilidades visuales” o “integraciones morfológicas” aplicadas cautelarmente a cualquier acto edificatorio. Pues bien, aquí tenemos una magnífica ocasión para dar sustancia a esta jerigonza urbanístico-literaria. El Ayuntamiento debería mostrar claramente al público cómo se va a “coser” el muelle 1 y el Palmeral, cómo se va a garantizar la “permeabilidad visual” entre la plaza de Torrijos, lámina de agua y monte de Gibralfaro, y cómo se va a producir la compleja “integración” entre muelle, zonas verdes, locales comerciales, rasantes del Paseo de la Farola y edificios de La Malagueta. Confiamos también en el Ayuntamiento, pero si sigue adelante con la intención de modificar los aberrantes propósitos iniciales recogiendo en un nuevo proyecto las aspiraciones ciudadanas ¿por qué detener ese saludable arrebato de transparencia? Si el proyecto no tiene nada que ocultar, ¿por qué no exhibirlo jubilosamente en vez de que los esqueletos de esas grúas alimenten la sospecha de una antigua amenaza que todos creíamos conjurada?

Salvador Moreno Peralta SUR, 13 JUN IO 2011
Puro trámite
De Francisco A. a Andrés F. con copia a Ezequiel Fontalva. Asunto: Expediente de agua reciclada para riego MA 12345: “Buenos días Andrés: me pongo en contacto con Vd. para solicitar información acerca de un expediente de autorización de agua reciclada para riego en el Centro de Aclimatación de la Coliflor Andaluza (CACA) que estamos tramitando a través de E…Tras informarme telefónicamente acerca del expediente en la Agencia de Rollos Sostenibles de Andalucía (ARSA) me indicaron que las consultas sólo se atienden a través de la aplicación “La Agencia Atiende”, por lo que me dí de alta para hacer la consulta con código de identificación 8888 hace ya casi un mes pero, al no obtener respuesta, me acerqué a las oficinas de la Agencia en Málaga, donde me indicaron que el expediente está en Sevilla en Planificación; tras una primera llamada a Planificación me indican que está en Concesiones. Tras llamar a Concesiones me indican que ellos no lo llevan, que está en Planificación; al pasarme por Planificación me indican que hay varios departamentos en Planificación, pero que esto lo llevaría seguramente el que está en la Cartuja, y es ahí donde me han dejado su correo como Jefe de Servicio, por lo que ruego me indique si es en su departamento donde está la solicitud y el estado de tramitación de la misma, ya que nos urge el uso de esta agua reciclada para riego de nuestras plantaciones”.
De Ezequiel Fontalva a Francisco A.: “Con fecha 25 de abril de 2… salieron los tres informes a la Dirección General del Dominio Público; de todas maneras vamos a reiterar los escritos directamente a Málaga, pero todo lo que dependía de nosotros ya está hecho. Lamento el retraso”. De Francisco A. a Ezequiel Fontalva.: “Gracias Ezequiel por la información, pero ¿me podía decir si la Dirección General del Dominio Público está aquí en Málaga ¿me podría confirmar si los informes ya los han recibido?; si es así ¿me podría pasar la fecha de recepción o registro de entrada para poder localizarlos ya que estuve ahí hace unos días y me dijeron que aún estaba el expediente en Sevilla?”. De Ezequiel Fontalva a Francisco A.: ”Para eso póngase en contacto con la Jefa de Servicio Dª Angustias Q”. De Francisco L. a Angustias Q.: “Le recuerdo que el expediente es MA 12345, se está tramitando la autorización de agua reciclada para riego y el promotor es E…a instancias del CACA; el expediente tiene ya el VºBº de la Consejería de Sostenibilidades Imprevistas (CSI) y nos dicen desde aquí que solo falta el informe favorable de Salud, por lo que hay que llamar a la Delegación Provincial de Salud y preguntar cómo va el expediente, qué falta, qué tiempo hay estimado para que informen, y quien es la persona responsable del mismo”.
De Angustias Q. a Francisco L.: “Después de haberme dado seis números de teléfono en la Delegación de Salud, porque nadie sabía nada de este tema, he conseguido hablar con Suplicio López y me ha dicho que está allí el expediente MA 12345, pero que lo tienen pendiente. Me ha dicho que llame el lunes para ver si ha conseguido agilizar los trámites”. De Angustias Q. a Francisco L.: “Me acaba de llamar Suplicio López de la Delegación de Salud. Me comenta que ha enviado el expediente con una nota urgente al Distrito Sanitario de Málaga para que realicen un informe, de ahí ira a Sevilla y de Sevilla lo enviarán a la ARSA. Me ha dicho que estos son los pasos que tiene que seguir un expediente para su aprobación y que ella intentará hacer el seguimiento. Esto suele tardar un mes más o menos sin contar con que haya por medio algún problema, vacaciones, etc. De todas maneras, para mayor información póngase en contacto con Jesús María José, Jefe del Servicio de….”.
De Francisco L. a JMJ.: “Siguiendo intrucciones de Dª Suplicio López le reitero el expediente MA12345, etc”. De JMJ. A Francisco L.: Francisco, lamento que el caos interno de la hasta hace unos días ARSA y hoy Secretaría General de la ARSA, dependiente de la CSI, haya provocado esta confusión y retraso en la información que Vd. solicita. No obstante le informo que el expediente en cuestión se está tramitando en las oficinas de Málaga en el Servicio de Gestión de DPH y calidad de las Aguas, el cual para su tramitación necesita del informe preceptivo de nuestra Oficina de Planificación que está en Sevilla y el cual, según me comunican, fue enviado a finales de abril a Málaga (si quiere tener más información por favor solicítesela a mi compañero Ezequiel Fontalva, en el Servicio de Gestión DPH y calidad de las Aguas). Espero haberle sido de utilidad”.
Amigo lector: esto no es ficción, sino la transcripción casi literal- cambiando nombres y saltando pasos- de un expediente auténtico que ha recorrido el círculo infernal de nuestra burocracia. Basta su lectura para hacerse una idea precisa de cómo nuestro modelo de Estado, antes de la crisis global, ya había conseguido mandar este país a la mierda por méritos propios.
Salvador Moreno Peralta SUR 21 JUNIO 2011

viernes 4 de febrero de 2011

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NOTICIA (edición digital): una borrasca procedente del Atlántico entrará por el cabo san Vicente y afectará a la zona suroccidental de la península, de donde se irá desplazando hacia el Este con fuerte nubosidad alternando con claros, aunque no se descartan precipitaciones aisladas en nuestra provincia que en algunos casos pueden llegar a ser intensas. COMENTA ESTA NOTICIA:
ANONIMO dijo: bete a saber lo k hara la borrasca cuando pase por Sevilla que con tal de j…r a malaga son capaz de mandar aquí la lluvi i quedarse con el sol. PEPETE dijo: eso es cosa de los meteoriteros de la junta para fastidiarnos la temporada y ahora a ver k dice la gamez k vais a sacar menos votos k un negro en el kukusklan. ANDRES dijo: si, pero a pacode las torres le gusta mas una fotom k a un chivo un vaso de leche y esta nervioso se ve a la legua. ANONIMO dijo: pues hace bien porque malaga no la conoce ni la madre k la pario desede k el alcalde inauguro el teatro romano y a lo mismo conb el museo Picasso y el de rebello del toro k eso es arte y no el despilfarro sociata del CAC. ARTISTA dijo: el CAC no es socialista es del unicaja. PIVOT dijo: asi va el club. MALACITANO dijo: eso es un alcalde y no el Aparicio k se gasto el presupuesto en hacwer clínicas para perros por toda España. JONATAN dijo: y ahora viene otra rogelia, maria bete ppara Sevilla achupar del bote que aquí ya as chupado bastante i no te vas a comer una rosca por mucho que te acompañe el Pezzi que ha alicatado todo el monte degibralfaro con una empresa de la junta de andalucia. COCO dijo: la empresa no eS de la juntadeandalucia sino de la mujer del alcalde, listo. ACADEMIO dijo: lo primero es aprender ostografía y luego hablar que jibralfaro se escribe con j de jinebra. JOSUA dijo: Eso harto ginebra hay k estar para no saber que la empresa es de la hija del presidente de la junta manolo Chaves. VANESSSA dijo: haber si leemos un poco mas porque el presidente dela junta no es Chaves sino Paulino Alonso. MALAGUITA dijo: pues que a Alonso se le bea mas por malaga que se pasaa todo rl dia en Sevilla sin moverse de la silla y eso que prometió que el consejuero de turismo iba a ser de malaga. MALAKATON dijo: da igual quien sea el consejero porque aqi qien parte el bacalao es el ministro Bernardino leongross que es de malaga pero no lo parece porque tiene ordenes de ZP de que se lleven los chiringuitos a Sevilla. MALAGUITA dijo: en sevilla nos envidian los espetos.¡¡¡viva malaga independiente¡¡¡¡ BOKERON dijo: deacuerdo con malaguita, malaga independiente y nos salimos de la liga que no tenemos que aguantara la campaña de desprestijio y a ver si asi nos respetan lños árbitros k lo del valencia fue mui fuerte. MALAGUITA dijo: de acuerdo con bokeron, maria ¿?donde estabas cuando el robo del valencia!!! Ay que estar mas con la gente como hace el alcalde. ROGELIO dijo: porque el alcalde tiene tres tios qu8e se le parecen mucho por eso esta en todas partes y asi cualquiera, es un truco muy viejo. ANONIMO dijo: pues menos mal que maria no se multiplica que para esbirra de la junta ya esta bien sobre todo cuando no es ni andaluza sino murciana y no puede sentir malaga como sentimos lo nuestro los que somos nosotros de aquí. PEPETE dijo: ¿que es esbirra? ACADEMIO dijo: es cerveza, que le gusta mucho la cerveza. COCO dijo: pues el alcalde tampoco es de malaga que es de frigiliana. FRIGILIANO dijo: y amucha honra que los aguanosos somos la joya de la costa del sol oriental, envidia de europa y de Finlandia. REPSOLO dijo: se puede ser de frigiliana y sentir malaga en el corazón. COCO dijo: repsolo, pues te acompaño en el sentimiento. EZEQUIEL FONTALVA BERMUDEZ dijo: Amigos, pero ¿qué tiene que ver una borrasca con el alcalde, la candidata socialista y las artificiosas disputas entre Málaga y Sevilla, que solo enrarecen la convivencia entre dos ciudades hermanas? ANÓNIMO dijo: Ezequiel a lo primero k hay que tener poca verguenza pa no respetar la intimidad de las personas humanas y entrar en el foro con tu propio nombre propio y a lo segundo k con el coñazo de la ética no te enteras de k ya no estamos en la galasia del Gustenberg y no sabes de qué van las nuevas tecnologias, momia.
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Salvador Moreno Peralta
Diario SUR 4 de Febrero 2011

jueves 20 de enero de 2011

El hedor tras la lona SUR 9 diciembre 2010


Detrás de la gran lona de la Plaza de la Constitución se esconde un edificio de esos que suponen una prueba de fuego para un arquitecto, porque está situado en un lugar sobre el cual los ciudadanos creen justificadamente tener un derecho de propiedad. La cursilería en boga llamaría a ese lugar “emblemático”, lo cual quiere decir que se haga lo que se haga ahí debe ser un símbolo de la ciudad con el cual todos nos identificamos. En cierto modo es como si nos tuvieran que pedir permiso a cada uno de nosotros para decidir qué se puede hacer, porque la imagen de ese punto de fuga de la calle Larios trasciende del ámbito puramente local de su emplazamiento para comprometer a la ciudad en su conjunto. Antes de que se produjera la ruptura definitiva entre el mundo de los mortales y el de los arquitectos, un caso como éste no planteaba ningún tipo de problema porque, como escribía Alexander Mitscherlich, “de una manera natural se hacía evidente que una parte de la propia identidad procedía siempre del grupo”, o sea que el lugar, el entorno, la calle o el ambiente, establecían una serie de deberes para con la ciudad a los cuales habrían de someterse las tentaciones ostentosas de los arquitectos. Incluso acordes ciertamente singulares como la casa Milá o la Batlló, de Gaudí, están en consonancia con el concierto general del ensanche de Barcelona.
Hoy día con la arquitectura suele llegar el escándalo porque nunca se construye a gusto de todos, pero la asimilación en el paisaje urbano de un nuevo artefacto es cosa de un tiempo que, salvo con adefesios que nacen ya envejecidos, suele trabajar a favor. Ahí está, por ejemplo, la aceptación paulatina de la Plaza del Obispo. Pero en este caso el escándalo ha precedido al edificio, concentrándose en la lona que aún lo cubre. Y no porque en ella se haya estampado un anuncio ofensivo a cualquier forma de corrección política. Sencillamente la empresa promotora ha deshecho unilateralmente un contrato ya firmado para alojar la imagen electoral de la candidata socialista a las próximas elecciones municipales. Más allá de lo que probablemente habrá de ser un pleito contra una empresa tan veleidosa, interesa profundizar en el caso del cual este incidente es síntoma.
El anuncio no hubiera tenido ningún problema si hubiera sido de un electrodoméstico, una bebida refrescante, un automóvil, una reproducción de Picasso o cualquier otro objeto de consumo que la economía de mercado ha logrado hacérnoslo imprescindible. Consumo, sí; Política, no. Ya Aldous Huxley describía cómo, en la terrorífica sociedad de su novela “Un mundo feliz”, se había creado un código moral que establecía la bondad absoluta del consumo como sistema “participativo” del individuo, en clara sustitución de la otra participación social tan temida, esto es, la política. Se nos insta a participar, se nos recuerda la aportación de una vigorosa sociedad civil a la solidez de la democracia…a condición de que no pasemos de la peña en nuestros furores participativos. El gentil rostro de María Gámez hubiera sido admitido en la lona si hubiera aparecido en ella anunciando sus gafas, no las siglas de su partido. Pero no parece que el timorato promotor se haya metido en estas honduras. Su problema era otro.
Esta empresa tiene en sus manos nada menos que… ¡una licencia para construir! No sé si saben bien el valor que eso tiene en Málaga. Una licencia para construir es como un anuncio de embarque en plena huelga de controladores aéreos. Un bien lo suficientemente preciado como para abstenerse de incomodar al monstruo que las otorga, sobre todo cuando en el improbable caso de que se consiga terminar la obra y vender los pisos todavía quedarán muchos trámites hasta lograr que la gente viva dentro. No es necesario que el cocodrilo abra sus fauces para saber que es imprudente hacerle cosquillas en su escamada piel. Contrariamente a la opinión de los socialistas razonablemente cabreados en Internet, la empresa no ha debido recibir ninguna advertencia explícita por parte de la superioridad como para sentirse obligada a incumplir su compromiso. No hacía falta. Un instinto de gato escaldado debió alertarle de los nubarrones de represalia nada más firmar el contrato, y prefirió incumplirlo antes de aguantar el chaparrón. Quizás haya seguido el prudente consejo de Franco de no meterse en política- y tendría razón, con la que está cayendo- pero, aún así, este caso nos da la medida del grado de humillación al que el aldeano poder nos somete, apenas oculto tras la amodorrada normalidad ciudadana.
La Función Pública. El Arquitecto Municipal
Colegio de Arquitectos 13-I-2011


Si uno entra en Internet tecleando el término “arquitecto municipal” podrá comprobar que casi el 90% de los casos son referencias a actividades delictivas de estos profesionales aparecidas en la prensa estos últimos años. No es, ni mucho menos, el único caso en el que este archivo de la memoria planetaria que es Internet te sitúa ante un panorama desolador o, cuando menos, distorsionado. Hoy es imprescindible acudir a la Red en demanda de información, pero ésta, por sí sola, no nos proporciona el conocimiento, si no es a través de ese filtro intelectual que es el criterio, discernimiento racional para conocer la verdad, que es una pauta de conducta cada vez más escasa, pues una de las mayores paradojas de la Historia se está dando precisamente en nuestros días: el ciudadano, abrumado por no poder procesar personalmente toda la información a su alcance, se entrega a las cómodas certidumbres del tópico o, sencillamente, deja que piensen por él las grandes instancias político mediáticas. Nunca tanta información generó más ignorantes y nunca el tópico nos instó con más razones a que apartáramos de nosotros la funesta manía de pensar. Así pues, si en el catecismo del Googgle aparecen con el soniquete de las fechorías de los arquitectos municipales, es que los arquitectos municipales son unos facinerosos, punto, y pretender defender su figura será poco menos que una herejía, pero ser hereje, ahora y siempre, ha sido una de las pocas cosas decentes que se ha podido ser en la Historia, así que vamos a ello aunque acabe uno abrasado en la hoguera de la corrección política.
Aún cuando no tengan la acendrada tradición de algunos cuerpos nacionales, como, por ejemplo, los Secretarios o los Interventores de los Ayuntamientos, la figura del Arquitecto Municipal como funcionario público tiene ya una bien ganada historia. Ingenieros civiles y militares, maestros de obras y arquitectos municipales están detrás de las grandes obras públicas de la Ilustración. Todas las grandes capitales de España pueden exhibir la obra de unos arquitectos municipales que dejaron su impronta en la construcción de la ciudad moderna de una manera tan indeleble en su fisonomía como discreta en la proyección pública de sus autores. Por ceñirnos a nuestra ciudad baste recordar que su centro histórico decimonónico - esa parte de ella de la que nos sentimos más orgullosos- es la obra de los arquitectos municipales Cirilo Salinas, Juan Nepomuceno Ávila, Joaquín de Rucoba o Gerónimo Cuervo, entre otros. Y ya en el siglo XX, Daniel Rubio o José González Edo, los cuales, con más importancia aún que sus obras arquitectónicas, nos dejaron unos primeros planes de ordenación urbana que, a pesar de lo poco que de ellos se realizó, encauzaron el desarrollo de una Málaga actual de cuyas trazas aún somos tributarios. Pero diciendo esto, y sin quererlo, estamos deslizándonos hacia un aspecto muy parcial de la figura del Arquitecto Municipal, esto es, el de las grandes capitales de más de 50.000 habitantes, integrados en unas entidades corporativas de gran envergadura, con frecuencia hipertrofiadas, como son los grandes Ayuntamientos con su estructura de Servicios Técnicos o sus Gerencias Municipales de Urbanismo. De los 8.112 municipios de España sólo 8.017, es decir, casi un 99%, tenían censada una población menos de 50.000 habitantes. En muchos de esos ayuntamientos no hay arquitecto municipal, sino que pertenecen a consorcios y mancomunidades y, en los que hay, como describe no sin ironía Rafael González Millán, vocal-secretario de la Unión de Agrupaciones de Arquitectos de la Administración Pública, el pobre arquitecto puede en un mismo día informar de la existencia de una vía pecuaria en un plan parcial, recibir a un ciudadano al que su vecino le ha abierto una ventana hacia su patio, informar de un expediente de ruina y reunirse con el sr. Alcalde y con una empresa multinacional que va a invertir en el municipio más de 24 millones de euros. En estos municipios el arquitecto municipal no tiene escapatoria: sus obligaciones le persiguen con la inmediatez de los problemas esperándole a la puerta de sus despachos, saltando de un tema a otro con la obligación de saber mucho de todo- del Código Técnico para las obras que tenga que realizar o supervisar, de construcción para los expedientes de ruina, de infraestructuras para un problema de saneamiento, de legislación urbanística para aplicar Leyes imposibles perpetradas desde oficinas autonómicas desconectadas de la realidad, de todo tipo de leyes sectoriales, del Código Civil y del Penal, velando por una disciplina urbanística en territorios de cientos de hectáreas para cuya supervisión y control sólo se dispone de una pareja de guardias municipales…- y todo ello con la espada de Damocles de un SEPRONA y unos medios de comunicación inmisericordes con cualquier irregularidad urbanística que alimenta el tópico de la corrupción municipal ligada a la ya tradicional insuficiencia de la financiación pública de las haciendas locales.
No tiene ningún sentido que hablemos aquí de la práctica espúrea del Arquitecto Municipal como funcionario público. Negar esa práctica sería tan absurdo como negarla en el sector privado o en cualquiera otra profesión, y el mundo en el que vivimos no es precisamente un mundo ideal. Las actitudes antideontológicas son conocidas de todos y los escándalos urbanísticos, en los que tantas veces se han visto envueltos arquitectos ligados a la Administración han saltado a la luz pública, con buenas dosis de hipocresía, mucho tiempo después de que el sistema los haya tolerado como condición misma para su propio funcionamiento.
Cuando mi amigo Paco Carreras me propuso dar la conferencia inaugural de este curso justificó el encargo en razón de mi supuesta experiencia profesional a ambos lados de la mesa, desde el Ayuntamiento, como arquitecto y primer Gerente Municipal de Urbanismo y desde el ejercicio libre de la profesión, es decir, por un lado como representante y ejecutor de la función pública y, por otro, como socarrona y entrecomilladamente me escribía, “sufridor” de ella. Que a nadie le quepa duda de que este calificativo de “sufridor” no entrañaba nada despectivo ni crítico, sino una manera simpática y coloquial de describir el papel supervisor que desde la instancia pública se ha de tener sobre los actos de los ciudadanos, tutelando como un gendarme la observancia de las leyes. Pero define bien la situación incómoda en la que se encuentra un arquitecto municipal. Ya sé que, sobre todo en épocas de crisis, tenemos la tendencia a no ver en el arquitecto funcionario público más que a un profesional que, a cambio de renunciar al sobresaltado, pero excitante, ejercicio libre de la profesión, se refugia en la comodidad de un sueldo fijo con los derechos acumulativos de sus años de ejercicio. Pero pocos piensan en las motivaciones altruistas de esa opción, en las responsabilidades que conlleva y en la preparación profesional exigida para el desempeño de sus funciones. Estoy seguro de que entre muchos de estos profesionales habrá cundido a menudo el desánimo: no se encuentran suficientemente respaldados por los Colegios Profesionales que, más allá de su crisis actual, han tenido siempre una tendencia a representar más a los colegiados en el ejercicio libre y, por otra parte, se han visto muy a menudo, en tanto que “fedatarios prudentes de la Ley”, como los verdaderos “malos” de la película, una especie molesta en la aplicación de la legislación vigente, molestos de cara a sus alcaldes y molestos de cara a los ciudadanos y, sobre todo, de sus colegas, que les ven con una injustificada displicencia como si la práctica privada de la profesión confiriera una cierta primacía con respecto al tópico de quien, por “no estar en la calle”, no alcanza a tener un conocimiento cabal de lo que entraña la verdadera experiencia profesional.
No es fácil deshacer ese tópico. Pero lo cierto es que el arquitecto municipal afronta una enorme responsabilidad cuando, en el ejercicio de sus funciones- que en la mayoría de los casos es de supervisión de expedientes urbanísticos previa a la concesión de licencias- se convierte en una especie de fiscal o juez instructor que eleva sus conclusiones al órgano de gobierno encargado de expedirlas. Hoy día asistimos a una profusión verdaderamente asfixiante de reglas, leyes y normas de incidencia territorial con que la administración pretende ejercer una función tutelar del urbanismo que apenas disimula su verdadera intención de consolidar los corralitos competenciales en los que el poder se diezma en su propia esterilidad. Hoy en una licencia de edificación, por ejemplo, no es raro que coincidan las competencias de Urbanismo, Medio Ambiente, Cultura y Turismo con toda su retahíla de preceptos sectoriales con frecuencia contradictorios entre sí. Existe un urbanismo real y un urbanismo de papel y, aunque parafraseando a un personaje de Hamlet, hay más cosas en el cielo y en la tierra de la realidad urbana de las que caben en el corsé de una norma, a la práctica del Arquitecto Municipal no se la admite siquiera la existencia de una especie de derecho consuetudinario, es decir, tener un juicio avalado por la razón y la lógica interpretativo de esa misma norma, porque el ejercicio ruin y mostrenco de la Política ha dado lugar a que se judicialice ésta hasta unos extremos en los que no es posible tener un criterio mínimamente imaginativo en la aplicación de la normativa, salvo riesgo de caer en la ilegalidad y el anatema. De ahí los resultados que aludíamos de Internet. Con mucha frecuencia la Norma entrará en contradicción con la Razón, pero será la Norma la que impere por más que la aplicación rigurosa de ésta perjudique flagrantemente al ciudadano. No hay salida para el criterio prudente ni misericordia para quien lo aplique, pues ningún fiscal ni ningún juez está dispuesto a que una argumentación razonable le perturbe el cómodo tópico de la financiación ilegal de los municipios vía corrupción urbanística, como decía hace un momento, y en esa práctica los alcaldes no encuentran mejores compañeros de viaje que sus arquitectos.
Con todo esto quiero decir que me parece que no corren buenos tiempos para los Arquitectos Municipales, que están siendo víctimas, junto con otros cuerpos de la Función Pública, del irrefrenable proceso de burocratización del Estado. Digo víctimas, y no causantes, que es lo primero que se nos podía ocurrir a cualquier ciudadano que ha tenido que habérselas con un arquitecto municipal. No sé muy bien cómo les afecta el Decreto de nuestra Comunidad Autónoma sobre la reestructuración de la Función Pública con esa filosofía de “empresarización” por las que gradualmente irían transfiriéndose sus menesteres a unas Agencias Públicas de las que nadie parece fiarse. Aún peor, en algunos Ayuntamientos importantes, como el de Madrid o corporaciones profesionales como su propio Colegio de Arquitectos, se está cuestionando la procedencia del informe técnico que históricamente se había vinculado al arquitecto Municipal y que ahora podría estar suscrito u “orientado”, por ejemplo, por una Entidad Privada Certificante o por el propio Colegio de Arquitectos. Subyace en todo esto una falacia de fondo: la aceptación, como algo ineluctable, de la ineficacia de la Función Pública frente a la intrínseca eficacia de la función privada: el desprestigio intrínseco de lo público frente a la natural capacidad de lo privado. Es la crónica recurrente de una claudicación, de una claudicación de la política, incapaz de hacer frente a una forma perversa de entender el funcionariado, como un estamento privilegiado y parasitario, que debería ser drásticamente desmentida por quienes más deberían defender su condición de servicio público, esto es los propios funcionarios y los sindicatos. Pero esto es algo de lo que no es correcto hablar. Es la claudicación de los Ayuntamientos que, no fiándose de sus servicios técnicos, externalizan sus funciones hacia otros organismos, en aras de la eficacia “empresarial”, creando nuevos monstruos como, por ejemplo, la Gerencia de Urbanismo de Málaga, incapaz de resistir la menor auditoría de gestión, por ejemplo, ni de admitir siquiera que se hable de ella.
Pero no mezclemos precipitadamente unos arquitectos con otros. Una cosa es ser arquitecto de un pueblo y otra formar parte del nutrido equipo técnico de una gran Corporación, como el Ayuntamiento de Málaga. Como decía Paco Carreras, yo he estado en los dos lados de la mesa y, desde esa circunstancia sólo me atrevo a objetivar, en la medida de mis capacidades, lo que ha sido una experiencia personal. Y la mejor manera de hacerlo es poniéndoles algunos ejemplos.
El primero, un ayuntamiento de un pueblo de la Costa del Sol. Tuve ocasión de tramitar un Proyecto Básico precedido de un Estudio de Detalle, que suele ser esa figura estúpida y redundante con la que le sacamos el dinero a los clientes- si es que lo pagan- para poder legitimar, mediante una breve información pública, el criterio que desde la instancia administrativa no se quiere o no se sabe tener sobre una alineación o una ordenación de volúmenes. A los dos meses de presentados simultáneamente ambos expedientes me dí una vuelta por el Ayuntamiento a ver si los habían subido del Registro de entrada a la Oficina Técnica. Para mi sorpresa, la información pública del Estudio de Detalle había concluido y el Proyecto tenía ya licencia, mostrándose muy sorprendido el arquitecto municipal de que no hubiéramos ido a pagar los derechos de la misma. El sorprendido, evidentemente, era yo, y cuando elogié a mi compañero su diligencia me respondió con una lógica aplastante: él era el único arquitecto del municipio y sólo tenía la compañía de un aparejador, por consiguiente no podía permitirse el lujo de “trasladarle el muerto” a otro porque, aparte de que no existía ese otro, si hubiera hecho lo contrario los expedientes se le acumularían en la mesa. La eficacia, por tanto, se debía a que era un municipio de menos de 50.000 habitantes y nuestro compañero estaba sólo, pero eso no le evitaba que el informe de concesión de licencia fuera de una extraordinaria pulcritud técnica y jurídica.
El otro caso es el Ayuntamiento de Málaga. Al principio de su andadura la Gerencia Municipal de Urbanismo tenía poco menos de 100 funcionarios, aunque la actividad urbanística fuera muy superior a la actual (hoy creo que tiene más de 400). El Consejo de Gerencia estaba constituido por cuatro personas- tres de ellas concejales, incluyendo el de Urbanismo- más el Delegado de Obras Públicas. El Gerente y los Jefes de Servicio acudían con voz pero sin voto. Excuso decir que la asistencia al Consejo era “gratis et amore” y los informes de licencia eran breves, sucintos, fundamentados urbanísticamente y en derecho, bajo la estricta vigilancia del secretario Rafael Íñiguez. Cuando abandoné la Gerencia, y en aras de la sacrosanta participación pública, el Consejo de Gerencia se abrió a las Asociaciones de Vecinos, Asociación de Promotores, no recuerdo si también a las peñas cofradías y sociedades de excursionistas, pero, desde luego, se incrementó con uno o dos concejales por partido político, convirtiendo aquél ágil y exiguo órgano en un microcosmos de la ciudad y en una transposición del Pleno. Por supuesto no faltaba nadie porque daban dietas. Los informes urbanísticos de los arquitectos y demás técnicos municipales seguían teniendo el mismo rigor que antes, con esas dosis de ilusión y criterio de quienes sabían que estaban inaugurando una suerte de jurisprudencia en el desarrollo del Plan General de Ordenación Urbana, que se había aprobado en el 1983. El problema es que, sin dudar de la honestidad de los concejales y demás representantes de la sociedad civil, resultaba inevitable que en algunos casos su presencia fuera el tentáculo terminal del interés privado de algún conocido o, simplemente, un escenario periférico, una especie de sucursal de la Casona del Parque en la que volver a reproducir los rifirrafes del pleno: un órgano de debate en vez de un órgano resolutivo como correspondería a todo consejo de administración de un organismo cuyo objetivo fundacional, sarcásticamente, era “conferirle agilidad empresarial a la práctica del urbanismo”. Lo cierto es que esos impecables informes eran con frecuencia contestados por algún político sin la menor competencia técnica para hacerlo y, algunos puntos del orden del día más adelante, otro político le devolvía la pelota cargándose el informe referente a otro asunto. La consecuencia fue que el funcionario arquitecto, hasta ese momento motivado por la solvencia de sus propios razonamientos y amparado por el aval del Gerente, decidió que a partir de ese momento sus informes se harían con estricta sujeción a la letra impresa, y cuanto más pequeña mejor, con lo cual, esa amplia, dinámica y rica jurisprudencia que se iba creando poco a poco, enriqueciendo la normativa con el criterio consuetudinario se cerró de repente, y a partir de ese momento, los expedientes empezaron a retrasarse y a prohibirse de manera que cada prohibición encontraba su precedente en la existencia de otra anterior. En vez de abrir creativamente la gestión de lo público se iba cerrando en unos laberintos sin salida.
He aquí, pues, dos casos radicalmente distintos de actuación de un arquitecto municipal que dependen de circunstancias ajenas a su propia formación, como es la escala y la estructura de la corporación a la que sirven. Pero en ambos ejemplos creo que queda de manifiesto el tipo de presión bajo la cual el arquitecto municipal ejerce sus funciones. En el primer caso estamos ante el arquitecto presionado por la multiplicidad y diversidad de sus cometidos que le obliga, además, a estar alerta ante cualquier error por la judicialización que hoy afecta a la esfera política municipal. En el segundo caso podemos estar ante un arquitecto al que la agobiante fiscalización de su quehacer le lleve a refugiarse en la letra pequeña de la normativa, digamos, “en legítima defensa”, anulando en él cualquier estímulo de estar ejerciendo lo que podríamos llamar una pedagogía ciudadana de “fedatario prudente de la Ley”, como decía al principio, de forma que el ejercicio de su función pública queda reducido al descomprometido papel del burócrata. Ése es el momento en el que se produce instintivamente un mecanismo de defensa que podríamos llamar el “síndrome del funcionario redentorista”, que conozco bien por haberlo experimentado en mis propia actividad de Gerente/Arquitecto. Constreñido en su papel de estricto aplicador de la normativa, desautorizado en su pretensión de aplicarla mediante el enriquecimiento de un criterio razonado en términos de cultura urbana pero, al mismo tiempo, con la conciencia de estar pagado por el dinero público, el arquitecto siente que no está cumpliendo éticamente su función si no es mediante una rigurosa fiscalización de los expedientes, como si el hecho de aprobarlos fuera un acto reprobable de lenidad administrativa. De esta manera su misión disciplinar, que podía ser profundamente creativa en la orientación de la actividad privada, en el efecto ejemplificador de sus trabajos públicos y en la dimensión didáctica y formativa de la aplicación razonable de la legalidad, acababa siendo reducida a la de una chirriante pieza más de la maquinaria burocrática, una piedra en el engranaje.
Concluyo aquí: el haber estado en la Administración Pública me ha permitido identificarme con los arquitectos municipales, los arquitectos técnicos y los aparejadores, con sus problemas y sus condicionantes. Cuando me he pasado “al otro lado de la mesa” no siempre recordé cuáles eran esos problemas y no siempre fui justo en mis juicios. Ya he dicho que no me interesaba hablar aquí de las prácticas espúreas de la Función Pública, porque indecentes los hay en todas partes. Pero puedo decir, con pleno conocimiento de causa, que un buen arquitecto municipal es una figura clave en el estado de un municipio. Podemos referirnos a un montón de pueblos de este país en los que se ve detrás el impulso de un buen alcalde y, casi siempre, detrás de un buen alcalde está la sintonía con un buen arquitecto. Son colegas con una preparación profesional mucho más completa que la mayoría de los que nos dedicamos a la actividad privada porque tienen que saber de todo y además, como quien dice, “en tiempo real”.
No suele haber arquitectos municipales-estrella, pero la excelencia urbana de un lugar se debe más a su gestión honrada y eficaz de lo cotidiano que al sarpullido repentino de un edificio de esos que los cursis llaman “emblemático”. Y cuando hacen bien su trabajo, añaden a su eficacia la grandeza moral de quien sabe estar ejerciendo un servicio público desde esa sensata, modesta y admirable actitud que es la discreción, en estos tiempos en que la profesión se ve aquejada con frecuencia de una verdadera neurosis de notoriedad mediática.
Convendría que, con independencia de quien nos toque en suerte, no olvidáramos esto cuando hayamos de tratar con ellos.
Presentación del libro de Carlos Hernández Pezzi “Ciudades contra burbujas” Rectorado de Málaga, 18 de Enero de 2010
Es sabido que todo exceso de algo acaba con la eficacia de ese “algo”. Un exceso de naturalidad mata lo natural; un exceso de información acaba con el conocimiento; un exceso de opiniones- como las que se dan en las tertulias de los medios de comunicación- acaban confundiendo o disolviendo en espectáculo la posibilidad misma del criterio; un exceso de retórica sobre un concepto evidente acaba transformando esa evidencia en incertidumbre. En fin, la gran Françoise Choay ya diagnosticaba certeramente hace tiempo cómo un exceso de lo urbano- tal y como hasta el presente se ha estado produciendo lo urbano- puede acabar, paradójicamente, con el concepto mismo de la ciudad: la ciudad muere allí donde nace lo urbano. A esta reflexión de Françoise Choay podríamos hacer una apostilla: el urbanismo de hoy ha tenido como sujetos, y a la vez como productos, a una nueva especie: los “urbanitas”… pero no a los ciudadanos. La gran tarea de nuestro tiempo es la recuperación del concepto de ciudadanía entre los escombros de lo urbano.
Y a ello se entrega precisamente Carlos Hernández Pezzi en el libro que hoy presentamos- “Ciudades contra burbujas”- un texto imprescindible porque, desde mi punto de vista, es la actualización, la necesaria puesta al día de aquel otro texto igualmente imprescindible que Henri Lefèvbre escribiera en 1968, el ya clásico “El derecho a la ciudad”, en el que analizaba el papel de la ciudadanía frente a la deshumanizada producción capitalista del espacio urbano en la era post-industrial. Ese derecho a la ciudad necesitaba ser clarificado y reformulado en la ciudad global de nuestros días- la ciudad planetaria- en donde sentimos que se ha producido una auténtica ruptura entre un pasado y un presente hasta el punto en el que lo sobrevenido es considerado como una verdadera mutación. En este libro, Carlos, desde una solidez y coherencia intelectual ajena a cualquier dogmatismo, con el apoyo incontestable de los datos empíricos y verificables, aborda la tarea inaplazable de comprender esa verdadera mutación que, en todo orden de cosas, traducen hoy sobre la ciudad y el territorio los fenómenos interseculares de la globalización, de la mundialización de la economía y la revolución tecnológica, con todas sus inmediatas secuelas que dibujan un mapa de realidades paradójicas: la homogeneización de la sociedad de masas y su reverso, con la afloración de nacionalismos excluyentes, la concentración demográfica junto a las sistemáticas diásporas migratorias, la deslocalización industrial junto a la máxima concentración del poder empresarial, la difícil conciliación entre crecimiento económico constante y el desarrollo sostenible, la coexistencia entre una realidad digital ubicua, interconectada, interactiva y transparente frente al trasunto de un mundo real encerrado en la opacidad de lo que él llama burbujas, de instancias administrativas burocratizadas y refractarias, de espacios y sectores productivos excluyentes e hipertrofiados (como la dramática burbuja inmobiliaria), de sistemas altamente tecnificados de producción cuyo capital es detentado en exclusiva por el Primer Mundo (con el acecho amenazante de los países emergentes), que exige, como su misma condición, la existencia de un Tercero, concebido como la gran despensa o la gran región tributaria del primero, granero de recursos engañosamente ilimitados con que alimentar un sistema de producción cada vez más necesitado de ellos, como una voraz drogodependencia.
Podemos constatar que el sistema occidental de producción, en el marco de una economía globalizada, es de una brutal competitividad que se extiende a las ciudades entre sí, como si de empresas se trataran. Esta perversión ahonda cada día más el abismo entre el Primer y Tercer Mundo, entendiendo por éste no sólo las grandes áreas del planeta normalmente tenidas como tales, sino de ese Tercer Mundo que está en el nuestro, en las bolsas de emigración, pobreza y marginalidad que, como el polvo bajo la alfombra, se oculta en la trastienda de nuestras “competitivas” ciudades, y lo que es aún peor, que estas bolsas sean concebidas como inevitables en la lógica de producción capitalista.
Porque ésta es una de las cuestiones clave que el libro plantea: la reticencia que aún hoy manifiesta el sistema y, al mismo tiempo, la propia práctica disciplinar del urbanismo, en admitir que la crisis planetaria en la que estamos sumidos es una crisis financiera, con una profundidad sin precedentes, sí, pero financiera al fin y al cabo, cuando lo que realmente ha entrado en crisis- en crisis DEFINITIVA- es el modelo de producción basado en el consumo ilimitado de bienes obtenidos por la transformación de recursos y energías no renovables, y su directo correlato en el territorio, en la traducción espacial de ese modelo. Dicho de otro modo, ante la presencia dramática de esa mutación, que es espacial y a la vez productiva, no parece que a nivel político, económico y empresarial nadie se atreva a admitir la relación entre ambas.
Hay otra cuestión clave del libro que discurre entre sus líneas como una corriente, subterránea pero explícita: el triángulo formado por el poder político, el económico y su expresión territorial- tres elementos estrechamente relacionados- ha generado nuevos mitos para ocupar el inmenso hueco dejado por la muerte de las viejas ideologías en las que se cimentó el viejo poder político occidental. Me refiero a aquella cómoda dualidad entre izquierdas y derechas, entre lo uno o lo otro, que nos proporcionaba un abundante arsenal de certidumbres interpretativas para entender un mundo que era relativamente simple, visto desde hoy, por la nitidez de sus perfiles.
Naturalmente siempre hay fanáticos que, como los que niegan el Holocausto, niegan también el cambio climático, la destrucción de la capa de ozono por la emisión de CO2, la desertización del planeta y todos los pavorosos indicadores del deterioro provocado por el actual sistema de producción. Pero lo interesante es revelar cómo, para perpetuarse, el Poder se ha reencarnado en un nuevo mito, en una nueva ideología. Y ese nuevo mito de recambio no es otro que la invocación a la sostenibilidad… pero para seguir produciendo un modelo insostenible. Esto es algo que Carlos desvela lúcidamente en sus páginas. Porque, como hemos apuntado, ha sido la actual crisis financiera, la retracción del consumo y el aumento pavoroso del desempleo lo que ha impulsado ahora una conciencia de sostenibilidad, pero no los escrúpulos por estar destruyendo el planeta. De hecho, como señala Carlos, generalmente las políticas y las mundializadas medidas anti-crisis se han centrado en acudir en socorro del capitalismo financiero y en la precarización del Estado del Bienestar o su recorte, porque, claro, hay que ir hacia un nuevo modelo productivo, faltaría más, pero eso sí, haciéndolo desde las mismas bases culturales y socioeconómicas anteriores a la crisis. Por eso es normal ver que los gobiernos se apliquen a medidas correctoras al final del proceso de producción y consumo, pero manteniendo intocables las causas que dan origen a la degradación ambiental. Es el ejemplo claro de los coches: el coche contamina por las emisiones de CO2 de los carburantes fósiles, luego hagamos coches eléctricos, eludiendo el tema fundamental que es la necesidad de que CIRCULEN MENOS COCHES. ¿Y por qué? Pues porque el modelo urbano sostenible, o sea, el HABITABLE, tiende a la plurifuncionalidad, la proximidad y autosuficiencia de los lugares, de manera que se minimicen los desplazamientos. Uno puede vivir en la globalidad, en un mundo en el que la vida en red, gracias a las tecnologías de la innovación y comunicación, nos ha convertido en seres “biológicamente” interdependientes, pero para no volvernos neuróticos tendremos que concordar la escala del hábitat planetario con la pequeña escala de nuestro hábitat doméstico, desde la ciudad virtual inabarcable a su correlato homotético en la ciudad real, que tiene unos límites comprensibles, inteligibles, anímicamente dominables. Es decir que, aun cuando estemos inmersos en lo GLOBAL hemos de pisar el terreno seguro de lo LOCAL.
Quizás ahí esté una de las ideas más profundas y sugestivas de este libro: de cómo el modelo de sostenibilidad medioambiental, opuesto al intrínseco despilfarro del modo actual de producción, no es algo que se traduzca sólo en sistemas de evaluación energéticos, sino que implica nada menos que a unas formas radicalmente distintas de concebir físicamente las ciudades y nuestros modos de habitarla. Carlos sostiene que la ciudad energéticamente sostenible- la ciudad habitable- es aquella en la que cada lugar, cada barrio disponga de las condiciones de diversidad, de elementos de referencia, de identidad, de compatibilidad de usos, de proximidad en las relaciones cotidianas, de espacios de convivencia y de niveles de autosuficiencia, tanto funcional como energética, propios de la ciudad que en el imaginario colectivo, como diría Jordi Borja, hemos dado en llamar “la ciudad de siempre”, la de las hermosas calles, tiendas, plazas, mercados y jardines. Podríamos decir a este respecto, que a una “ética ecológica”- concepto que no parece estar todavía incluido en ningún código moral- habría de corresponderle una “estética ecológica”.
Pero todo esto no pasaría de ser una bienintencionada declaración de principios si no estuviera sólidamente sustentada en la necesidad de un cambio, también radical, en el modelo económico. Carlos no sólo NO elude esta cuestión sino que la convierte en el eje medular de su discurso. Y este cambio radical en el modelo productivo pasa por adquirir una conciencia generalizada de la rehabilitación, de detener, de aminorar el concepto de producción y abordar lo que mi hija, cuando leyó el libro, se atrevió a denominar con un vocablo acertado: “desproducción”. Desproducción como método para generar riqueza, aunque ello pudiera resultar paradójico. Como dice David Hammerstein en su estupendo prólogo al libro de Hervé Girardet “Creando ciudades sostenibles”, “cuando las amenazas ecológicas se comprenden como un proceso histórico y cultural complejo, también se favorecen las búsquedas de salidas a la crisis del sobre- consumo. Así quizás podamos reconvertir, mediante la innovación y la diversidad cultural, las metas cuantitativas de la sostenibilidad en objetivos de aprendizajes cualitativos socialmente valiosos y deseables”.
Efectivamente- y todo en el libro gira sobre esa idea- el mundo va a tener que encontrar una fuente de productividad en algo tan paradójico como en la “desproductividad”, en arreglar lo desarreglado, en compensar la huella ecológica de las conurbaciones y las urbanizaciones extensivas, en transformar las energías sucias en energías limpias, en rehabilitar lo mal construido, en reurbanizar lo mal urbanizado, en repoblar lo desertizado, acercar lo separado, reintroducir factores de convivencia en los barrios desintegrados, transformar en paisaje los vacíos territoriales… Esto, que podríamos llamar algo así como “el sistema productivo de la regeneración universal”, obedece al principio de lo que Carlos llama “crecimiento hacia adentro”, y puede ser una verdadera industria generadora de riqueza siempre que el sistema se pusiera a la tarea y la sociedad adquiriera una conciencia medioambiental generalizada con capacidad de imponerse e impregnar a sus gobiernos. Es una utopía, pero una utopía realizable porque, además, es INEXORABLE, entre otras cosas, porque está en juego la supervivencia misma del propio sistema capitalista, y, como hemos apuntado, éste se viste de lo que haga falta con tal de sobrevivir, porque ha llegado a ser tan incuestionable como el aire que respiramos. Además, yo creo que las ideas triunfan cuando, después de haber dejado algunos cadáveres en el camino, el sistema se ve obligado a incorporarlas. (Tal vez en la inmolación de los espíritus innovadores y revolucionarios esté la raíz esencialmente romántica del pensamiento de izquierdas, pero no vamos a discutir eso ahora).
Las reflexiones de este libro van dirigidas a un público amplio, ciudadanos, empresarios, políticos y gobernantes, pero muy especialmente, a los urbanistas. Carlos, desde el observatorio de su propia profesión de arquitecto urbanista y sus ocho años al frente del Consejo Superior de Colegios de Arquitectos donde, por cierto, ha ejercido una labor de profunda dimensión social, nada corporativista, denuncia que en nuestra práctica disciplinar sigamos viendo los problemas nuevos de un mundo digital, de ciudades en red, cambiante, interrelacionado y ecológicamente amenazado, con las viejas lentes de un urbanismo anclado en el siglo XX, que no va más allá de los parámetros edificatorios, alturas, densidades, volumetrías y diletantes cuestiones sobre la forma urbana, sometido a un academicismo de manual que apenas oculta su subordinación al despilfarro y su incomprensión de la ciudad actual (la última moda de los teóricos es llamar No-Ciudad a la ciudad que no se entiende). Fascinados como estamos por las maravillas que hacen las infografías con Photoshop, el efecto taumatúrgico sobre el entorno urbano de esos edificios carísimos que los cursis llaman “emblemáticos”, y urgidos por las necesidades de financiar con urbanismo las deudas municipales, hemos olvidado introducir en nuestras metodologías, como parte sustancial de las mismas, sistemas de evaluación ambiental o energética, de habitabilidad térmica, de niveles de ruido, huella ecológica, indicadores básicos de movilidad, sistemas obligatorios de autogeneración energética para las nuevas construcciones, etc.
Termino con la hermosa reflexión con la que Carlos concluye también su libro. Si logramos comprender la nueva realidad urbana (los urbanistas los primeros), si entendemos bien la interactividad inherente a la ciudad digital, a la comunidad digital, a la ciudad de las redes, es posible que ésta pueda acabar teniendo su correlato en la ciudad física. Los espacios físicos de nuestras ciudades podrán ser una transposición o reflejo del espacio interrelacionado, interactivo, flúido, accesible y soberano de la ciudad digital, la indómita ciudad incompatible con cualquier tipo de acotación o burbuja: en suma, un modelo territorial que sea trasunto de la interactividad digital, en el que los ámbitos de convivencia de la red se traduzcan en los ámbitos de convivencia de la calle. Decía Borges que la ciudad está a la espera de una poetización. Pues bien, creo que el camino apuntado por Carlos es una vía larga, pero también la más recta, estimulante, verosímil, esencialmente moderna y, desde luego, la única posible, para lograr ese objetivo.
Muchas gracias a ustedes por su atención y a ti, Carlos, enhorabuena por este libro valiente, lúcido e imprescindible.

sábado 30 de octubre de 2010

¿Cuánto pesa la Administración?

"¿Cuánto pesa su edificio, señor Foster?" Esta fue la pregunta que el octogenario ingeniero Buckminster Fuller le espetó a un joven Norman Foster el día en que se encontraron por primera vez. Inicialmente sorprendido, el genial arquitecto no se arredró, se recluyó en su estudio y a los pocos días le llevó a Fuller la respuesta exacta. "Pues seguramente se podía haber hecho más ligero, porque los cimientos pesan demasiado", respondió el grandísimo visionario de las estructuras futuristas, en lo que fue el principio de una admiración mutua. Esta anécdota dio lugar a un extraordinario documental sobre la vida y obra de Foster que, lógicamente, sólo se está pasando en los cines de las capitales culturales. Aquí, para poder verlo, habrá que recurrir al innombrable procedimiento habitual.
Más allá de la peripecia artística y profesional de Foster, un verdadero titán de nuestros tiempos, el documental- y su título- le deja a uno marcado por algo que a Fuller le preocupaba ya muchos años antes de que la conciencia de sostenibilidad y ahorro energético se convirtiera en el gran tema de nuestros días: el concepto del "peso muerto", de lo inútil, del derroche de energía y materia en lo superfluo, que ha sido el fundamento de un sistema destinado a producir lo que sea, con tal de que respondiera a la drogodependencia del consumo. Nos hemos concienciado de todo esto sólo cuando hemos llegado a la conclusión de que la actual crisis global no es sólo financiera sino el trasunto de un modelo de desarrollo urbano y territorial basado en un crecimiento verdaderamente insostenible, con lo cual asistimos a la gestación de las nueva mitologías de la modernidad: la de las energías renovables, el dogma supremo de la Innovación, la liturgia del emprendimiento...Pero de la misma manera que una cosa es el Evangelio y otra la Iglesia, existe un mundo virtual para la religión del Conocimiento y otro constituido por la siniestra curia de la Administración Pública, que devuelve brutalmente al ámbito de lo terrenal la entusiástica y fervorosa fidelidad al primero.
Porque... ¿alguien se ha parado a pensar cuánto "pesa" la Administración Pública, en la cantidad de Estado superfluo que estamos consumiendo, en el peso muerto de una burocracia saturnal que se engorda a sí misma devorando el tiempo y los recursos económicos de una ciudadanía a la que se supone debe servir? De nada valen las jaculatorias de los nuevos sacerdotes de la Innovación, el Conocimiento y el Espíritu de Empresa frente a un laberinto normativo creado para regular lo ya regulado y para degradar el alto concepto del servicio público en la baja satisfacción de mezquinos corralitos de poder. Frente al exaltado aforismo: "innovo, luego crezco", la Administración te neutraliza con un "entorpezco, luego mando". Pues de eso se trata: del inveterado "aquí estoy yo", revestido de la solemnidad de Leyes, Normas, Estatutos, Decretos y Ordenanzas que simboliza el ibérico atavismo del desprecio a la inteligencia, el recelo hacia el invento, el confortable resguardo de la mediocridad y el vuelva usted mañana.
El peso de la Administración Pública sobre las actividades privadas ha acabado por aplastar la capacidad de iniciativa, que se ve obligada al recurso de la huída. He aquí el verdadero problema de España y la delirante organización de su Estado. Si mañana desapareciera la crisis económica por encontrar bajo nuestro territorio la mayor bolsa de petróleo del planeta el problema seguiría subsistiendo, porque lo grave no es el incontrolable despilfarro de una administración estructuralmente hipertrofiada, sino el fatalismo con que la ciudadanía ha estado aceptando esa intrínseca corrupción difusa que entraña la ineficacia. Hasta ahora. Porque esa destrucción galopante del empleo que empieza a morderle los tobillos a la clase media puede pasar del apóstrofe genérico contra la abstracciones del "sistema", de los "mercados", de los "políticos"... a ponerle rostro y apellidos a ese burócrata responsable de la retención o la denegación de un expediente del cual depende el futuro de una empresa, la supervivencia de un pequeño negocio, el colegio de tus hijos o, simplemente, ese poder "llegar a fin de mes" que creíamos olvidado y nos ha devuelto a la realidad de lo que somos.
Mientras tanto, y al precio de mil y pico euros la entrada, acabamos de celebrar un pomposo congreso de "Mentes Brillantes" aquí en Málaga, una ciudad cuyo trituradora administrativa es un aparato perfectamente diseñado para pulverizar y, en el mejor de los casos, transformar en retórica cualquier atisbo de brillantez. Alienados por los discursos de la globalización económica, que superan nuestro entendimiento, y humillados por los abusos de una burocracia estamental, se atenaza la voz de una ciudadanía desconcertada...hasta que la razón de los estómagos vacíos encienda la mecha de la cólera. Tal vez entonces reclame su papel la razón de la Política, con mayúsculas, pero será tarde porque, como en el aguafuerte de Goya, a veces el sueño de la razón produce monstruos, y no es la primera vez que la lenidad democrática la hace sucumbir presa de los engendros que ella misma se ha creado.
Salvador Moreno Peralta SUR 30 Octubre 2010