Ya durante los primeros años de ejercicio profesional como arquitecto me llamaba la atención que la mayor parte de mi exigua clientela estuviera compuesta por personas directa o indirectamente ligadas al propio sector inmobiliario. Era evidente que el sector era la verdadera locomotora económica del país y, desde luego de Andalucía, pero ese círculo cerrado de la producción (promotor inmobiliario) y el consumo (cliente relacionado con el sector inmobiliario) nos hacía pensar en el tren de los hermanos Marx, lanzado a una carrera desenfrenada consumiéndose a sí mismo al grito de ¡más madera! Ya entonces consideraba una anomalía que los destinatarios de mi trabajo no pertenecieran a un sector productivo ajeno al de la propia construcción, entregado a una especie de "fagocitosis autárquica". Quedaba, naturalmente, el Turismo, pero no había dudas de que ese fabuloso sector, traducido al idioma andaluz, quería decir también "ladrillo". Y ahí están nuestras costas para corroborarlo.
Hoy, en el corazón de la crisis y en medio de un túnel negro como el final de una vida es obligado preguntarse ¿puede ser la construcción, en su frágil endogamia, la locomotora económica de un país? La promoción inmobiliaria, que exige como su propia razón de ser la inversión del beneficio en otra promoción inmobiliaria y así sucesivamente, ¿no conduce a la aberración de considerar el crecimiento por el crecimiento como un factor estructural de la acumulación de riqueza, y no como la consecuencia natural de la acumulación de ésta? Hoy el desplome de una industria cuyo peso en el PIB de nuestra región rondaba nada menos que el 15% ha incorporado a la corrección política la sustitución del mito del ladrillo por el de la innovación, como si ésta fuera una industria en sí misma y no una elemental actitud derivada de la curiosidad humana que, aplicada a las cosas que nos rodean, ha hecho avanzar el mundo en su progreso y bienestar. Se nos imputa, especialmente a los andaluces, la dependencia del ladrillo olvidando que todos, absolutamente todos los países del mundo industrializado habían confiado en esa "locomotora" como el procedimiento más rápido para la acumulación de capital. Otra cosa era la mayor o menor capacidad para poder diversificar sus excedentes.
Si pudiéramos abstraernos- que no podemos- del drama que supone el pavoroso índice de desempleo andaluz, cercano al millón de personas, estaríamos en disposición de ver aspectos positivos a la crisis, aún reconociendo que esto suene a jaculatoria para darnos ánimos. Hemos de celebrar, por ejemplo, la sensatez demostrada por la cúpula del empresariado en su entendimiento con la Consejería de Vivienda y Ordenación del Territorio que, sin caer en la tentación de satanizar la industria de la construcción, ha acudido en socorro de ella con medidas enérgicas, como la oferta pública de adquisición de suelo para inmuebles protegidos, el pago de ayudas a los adquirientes de vivienda con escasos recursos económicos y, sobre todo, el Plan Concertado de Vivienda y Suelo 2008-2012 mediante una iniciativa que resultaba inaplazable: el reconocimiento de la diversidad de la demanda, incorporándola a la Protección Oficial, en un mercado cuya oferta había sido hasta ahora de un monolitismo suicida. A la enorme fragmentación y complejidad de la sociedad actual que presagiaba un mercado sano en su pluralidad, la oferta pública y privada había respondido con estolidez inaudita humillando nuestro entorno vital con los mismos bloques adocenados y las mismas viviendas adosadas. Resultado: 800.000 viviendas sin salida en todo el país. Cuestión aparte es el deficiente funcionamiento del Plan Concertado al no contar con el respaldo financiero de bancos y cajas en su brutal restricción crediticia y su obscena cautela frente al riesgo y la morosidad, incumpliendo los compromisos contraídos en el 2008 de inyectar 9550 millones de euros al sistema.
Desde la crisis petrolífera de los setenta, cada década posterior ha tenido su correspondiente crisis inmobiliaria, aunque esta última tenga la ferocidad de un tsunami. Tras los exámenes de conciencia correspondientes, de cada crisis del ladrillo se salió con más ladrillos, solo que hasta ahora no los habíamos empleado en construir viviendas, sino en otra cosa: en la locura de un fondo de inversión con rentabilidad garantizada, un artefacto depositario del ahorro familiar, un mecanismo de ingeniería financiera, un activo que nos garantizara nuestra vejez...qué sé yo, menos para vivir resultaba que la vivienda servía para todo. Eso sí se ha terminado. ¿No queríamos innovación? Pues empecemos por la de hacer viviendas adaptadas a la diversidad de la demanda social, al poder adquisitivo de los compradores, incorporando los adelantos técnicos que arrastran consigo una nueva conciencia de sostenibilidad y ahorro energético y con un respeto al entorno medioambiental como condición necesaria para comercializar el producto en un clima de mayor exigencia y competitividad. Lo cierto es que salvo que algún Tarzán quiera hacernos vivir en los árboles seguiremos viviendo en viviendas. Y Andalucía podría hacer de esa básica necesidad de vivir un verdadero recurso económico, además en régimen de monopolio. Porque VIVIR es un recurso económico en sí mismo para aquellos lugares que tienen ese privilegio de satisfacer el mayor número de exigencias ciudadanas, y de la mejor manera posible, que hemos dado en llamar "calidad de vida".
Ni los mejores analistas saben cuando saldremos de esta crisis, pero cuando ello ocurra que nos pille dentro de la ecuación virtuosa de la Economía, esto es, un razonable equilibrio entre la oferta y la demanda. Eso significa que estaríamos haciendo, por fin, viviendas de verdad.
martes 2 de marzo de 2010
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2 comentarios:
Señor Salvador, la ambigüedad de su escrito -así me lo parece- me deja un sabor agridulce. Andalucía, como bien usted dice, es uno de esos lugares privilegiados donde poder vivir. Pero en mi opinión, si VIVIR en ella lo consideramos un recurso económico en sí mismo, también debemos considerar que ese recurso, ese motor económico tiene fecha de caducidad. Y, como ocurre con cualquier motor, mientras más se acelera más rápido se consume, se agota y se apaga. Había y hay lugares donde era y es un lujo vivir: su adecuada población, sus magníficos paisajes, sus maravillosos productos de mesa, el carácter de su gente… Sin embargo, esos elementos no deben ni pueden entenderse, tratarse y gestionarse como un recurso económico y, ni siquiera como mercancía; sino más bien como un modo o estilo de viva a conservar y mejorar en su esencia, pues de lo contrario -y como ya ocurrió en ciertos lugares- éste cambia, se transmuta, el privilegio desaparece y el recurso económico se agota. No hará falta, señor Salvador, que le relacione lugares andaluces donde ese recurso económico del VIVIR ya no existe: paisaje, naturalidad, naturaleza, sosiego y tranquilidad han desaparecido o transmutado.
Desde luego las casas deben hacerse para vivir (¿quién pudo pensar otra cosa?), para que vivan bien sus usuarios, de la máxima calidad y al menor precio -posible. Lástima que otros no hayan pensado ni piensen igual; quizás otro gallo, ahora nos cantaría. Un cordial saludo
No creo que haya ninguna ambigüedad, sr. Holden. Usted en su escrito lo explica perfectamente. En lugares como Andalucía VIVIR podría ser un recurso económico en sí mismo, siempre que no nos cargáramos el sustrato básico sobre el que el hecho de vivir se sustenta, que es, precisamente, el activo de su territorio, sus comunicaciones, su variedad, su clima, sus costumbres, su cultura y su paisaje extremadamente civilizado. Sólo había que hacer una cosa para que todo eso fuera un recurso económico: no cargárselo, y decidimos cargárnoslo construyendo viviendas, no para vivir, sino para especular, para depositar nuestros ahorros de cara a la vejez, como sustituto de la bolsa....cualquier cosa menos atender al fin propio de una vivienda, que es vivir, y, además, al alcance de la gente que verdaderamente lo necesita. Mi tesis- y mi intención era dejarlo claro sin ambigüedades- era que, justamente ese producto adecuado a la pluralidad de la demanda (jóvenes, discapacitados, personas mayores, residencias ligadas al trabajo a distancia trabajo a distancia , comunidades multiétnicas, gente como usted y como yo, o como nuestros hijos jóvenes, etc... NADA, absolutamente nada de eso se ha hecho, sino los mismos bloques adocenados y las mismas viviendas adosadas destrozando el paisaje para una demanda inexistente. Lamentablemente, eso que parece una obviedad no lo ha sido, y las casas, los millones de casas que se han construído en nuestrto país NO SE HAN HECHO PARA VIVIR, por eso ahora hay un "stock" de innumerables casas vacías que, además, han hipotecado para siempre el atractivo y la belleza de muchos lugares de nuestra región. La caducidad de ese recurso económico que usted dice se ha producido ya. He intentado explicarlo con el símil del tren de los hermanos Marx (¡más madera!)
Un saludo.
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