Un entrañable y lúcido amigo mío me apostillaba un reciente artículo publicado en esta tribuna titulado "Letanías de la capitalidad", lamentando que ese sorprendente listado de realizaciones culturales que en Málaga se han llevado a cabo en los últimos treinta años solo haya servido para que "los ciudadanos que las usan y disfrutan (...) tengan el mismo o peor talante que padecían hace cien o doscientos años". Y continúa: "quizás no sea un problema de emprendedores y realizaciones. Tal vez sea cuestión de talante, y el talante, según creo, no se modifica en treinta años, ni en un siglo. Es más bien un asunto milenario. Por eso, supongo, ni somos ni seremos Europa". En la misma dirección, un amable "bloggero" sintetizaba que tantas realizaciones culturales no han logrado que se perciba un aumento de la Cultura en nuestra ciudad. He necesitado un descanso en el rincón neutral después de haber sido noqueado por este "crochet" a la mandíbula de mi optimismo. Volvamos, pues, al "ring".
Por un lado, pensamos que la solvencia cultural de una ciudad está en razón directa con la solidez de las instituciones burguesas que constituyeron las urbes modernas, y ya sabemos que en Málaga, por razones suficientemente estudiadas, su endeble burguesía no ha cumplido con el papel histórico que estaba obligada a ejercer. Pero también sabemos que la burguesía tiene su lado oscuro en una fauna urbana acomodaticia, absorbente y esterilizante que, si bien representa el pensamiento de la ciudad, en cierto modo también lo usurpa. Una fauna notoria cuya principal ocupación es detener el tiempo en la favorable quietud que demandan sus consolidados privilegios. ¡Para qué nos vamos a meter en complicaciones, con lo bien que estamos!, sería su lema. Pudiéramos pensar que éstas son las aplastantes identidades propias de una ciudad de provincias, pero esa fauna también se da, incluso con más presencia, en las capitales. Creo más bien que es un problema de escala, y aquí incurrimos en otra engorrosa contradicción. Siempre hemos defendido que la posibilidad misma de vivir en una ciudad humanizada está en el hecho de que, por su tamaño, SE ENTIENDA. Hemos intentado teorizar que la alternativa a la crisis de las grandes ciudades con problemas que escapan a nuestra capacidad de comprensión radica en que, por enormes que sean, sepamos acotar en ellas unos entornos que propicien relaciones directas de convivencia, similares a la de los viejos barrios y los pueblos tradicionales, compatibles con las que se dan en el espacio cibernético. Dicho más claramente: ser moderno, hoy, significaría vivir la vida del pueblo EN la ciudad, entre el ordenador personal que nos conecta al mundo y el bar de la esquina donde se solaza la peña.
Pero me temo que, aunque suene bien, no logramos gran cosa reduciendo la ciudad a la escala de nuestro entendimiento. Y es que cuando la ciudad se "achica" conceptualmente, también se achican los mecanismos institucionales que la rigen, pues la ciudad es lo construído, la escena urbana, el continente...pero es también la organización cultural y social del contenido. Una cosa es la belleza del pueblo, y otra es la mentalidad pueblerina. Y es entonces cuando se despierta el pequeño monstruo del aldeanismo, la política de campanario, la preservación de lo habitual, el mantenimiento de la estructura que tiende a perpetuar el interesado bienestar de lo establecido, atrofiando nuestras inquietudes de búsqueda, de creatividad, de cuestionamiento de lo existente, cayendo en la parálisis de un conformismo esencialmente anticosmopolita. La discreta seducción de lo provinciano dentro de la sociedad de la información y las redes sociales puede llegar a convertirnos ...en "cosmoprovincianos", y la llamada Aldea Global sea sólo eso: la globalización de una aldea. De ahí que en la vida como en el Arte, todo se paraliza cuando llegamos a entender lo que nos rodea, cuando dejamos de sentir la fecunda pulsión de lo desconocido, la curiosidad por lo que hay al otro lado del espejo de nuestro confortable mundo. Por eso temo la sobrevaloración de las identidades, la primacía coactiva de "lo nuestro", la suplantación de la Cultura- que entraña la búsqueda- por la repetición ritual de lo folclórico. (En este sentido, no hay más que ver la pasión vernácula que suelen exhibir los políticos cuando "descienden" a los barrios en las campañas electorales).
Aún a riesgo de escandalizar, si hablamos de fenómenos urbanos, creo que es infinitamente más interesante ese modelo inaprehensible, imparablemente dinámico, renuente a dejarse engullir por sus despiadados tópicos, que es la Costa del Sol, frente a una capital "comprensible", urgida por la necesidad de reinventarse en modelos estereotipados según las prescripciones del "marketing" y la sociedad del espectáculo (¡ay Picasso, Picasso!).
Y la última paradoja: esta misma ciudad tan celosa de "lo suyo", como una cortesana de tabernas y de puertos, le gusta jugar al desvarío de cicatearle su virtud a los nativos para entregarle su placer al forastero y al hijo pródigo. A este respecto, ¿no es suficientemente revelador que en una calle Larios franquiciada cerrara sus puertas un local señero y autóctono que se llamaba, precisamente, La Cosmopolita?
DIARIO SUR 18 MAYO 2010
miércoles 19 de mayo de 2010
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5 comentarios:
Prefiere Ud. entonces que una Ciudad no se comprenda ?
ó quiere decir que una Ciudad ya no puede comprenderse como siempre lo ha sido ?
Mi impresión es que querámoslo ó nó,
el salto al Cosmo_Politismo es inevitable y además bueno, sólo nos hace falta descubrir sus claves. Y si seguimos manteniendo que la Ciudad ha de sernos comprensible y ENTENDERSE, mejor que mejor.
ó nó estaria Ud. de acuerdo ? un saludo cordial
Señor Salvador, tengo la sensación de que el cierre de La Cosmopolita sólo puede ser el síntoma de una grave enfermedad, ¿Cuál? No lo sé, ¿Puede usted ayudarme?
Un cordial saludo
Don JuanV.Soler: yo intento no expresar certezas, sino exponer dudas.He escrito decenas de artículos y conferencias postulando la NECESIDAD de ENTENDER las nuevas metrópolis mirándolas desde lentes nuevas y desprejuiciadas. Y siempre me he estado preguntando cómo se puede ejercer el papel de CIUDADANO en una ciudad que nos desborda y no comprendemos. Justamente aporto como posible fórmula la de que, aún cuando nos encontremos en una ciudad inabarcable, podemos reproducir en nuestros ámbitos cotidianos las formas humanas de vida de los viejos barrios y los pueblos tradicionales. Precisamente las ciudades más grandes y cosmopolitas son aquellas en las que se puede articular bien la presencia imponente de la gran ciudad con la escala íntima del barrio: la coexistencia de la vida en la globalización con la de la vida en lo local: el ordenador que nos comunica con el mundo, los grandes teatros de ópera, los grandes museos...sí, pero también el kiosco y la panadería de la esquina, la pequeña plaza donde tomal el sol los jubilados, el bar en el que nos juntamos para ver con la peña el partido de fútbol de nuestro equipo, la guardería infantil cercana al puesto de trabajo, la consciencia de VECINDARIO como elemento agrewgado y complemantario de la gran ciudad, no como un gueto o un hecho marginal. Dicho esto- y convencido de ello- me asalta de repente el miedo de que esas formas locales de vida tiendan al conservadurimo, a la inacción, a la complacencia en lo establecido...en la atrofia de la imaginación. Eso era todo. Aunque le pueda resultar pesado, le cuelgo en el blog la conferencia que sobre estos temas pronucié en Sevilla en el ciclo "ciudad Viva" el año pasado. Verá cómo hay algunas frases que coinciden literalmente con las suyas.
Un saludo cordial.
Complicada respuesta, sr. Holden. Es efectivamente el síntoma de una enfermedad. Hay quien recurre nada menos que a los fenicios para justificar nuestra tendencia a la mudanza y al cambio. Se dice de Málaga que es una ciudad dinámica, pero, ¿por qué sistemáticamente lo nuevo tiene que producirse sobre la destrucción de lo existente? el ser humano, el CIUDADANO, tiene una imperiosa necesidad natural de tener raíces, de reconocerse en ALGO. A nosotros nos cambian contínuamente el escenario, protestamos un poco y a las pocas semanas nos dá igual. Ligándolo con el comentario del sr. Soler, para ejercer la ciudadanía, para ser ciudadanos, lo primero es entender el marco físico de la ciudad en la que nos desenvolvemos, lo cual exige que permanezcan en el tiempop ciertas referencias, y no sólo las monumentales (ya sólo faltaba que nos tiraran la catedral), sino los pequeños hitos que nos ligan a nuestra juventud y a nuestras vivencias. Le diré que hace cinco años escribí una guía algo heterodoxa sobre Málaga que, a pesar de estar editada, nunca llegó a publicarse. Pues bien hoy efectivamente NO PODRÍA PUBLICARSE, porque más del 70% de los locales que en ella señalaba han cerrado y han sido sustituídas por nuevas franquicias.
Decididamente, en Málaga la HISTORIA es más bien HISTERIA. Y quizás todo proceda de que, a pesar de tantas declaraciones de amor por nuestra tierra, aquí pocos están decidido a experimentar la saludable sensación de que esta ciudad puerde ser dueña de sí misma, de CREERSE ALGO, en vez de repetirnos lastimosamente que aquí no merece la pena meterse en nada. en resumen, el diagnóstico podría ser una atroz anemia de AUTOESTIMA.
Gracias por su comentario, como siempre, y un saludo cordial.
Ojú Sr.Salvador,
sólo adelantarle que no conocía que fué Caín quién inventó la Ciudad.
Ya le adelantaré más. Vá a empezar el partido, la victoria del Bayern, ;_):
un saludo y gracias por contestar.
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