jueves 20 de enero de 2011

Presentación del libro de Carlos Hernández Pezzi “Ciudades contra burbujas” Rectorado de Málaga, 18 de Enero de 2010
Es sabido que todo exceso de algo acaba con la eficacia de ese “algo”. Un exceso de naturalidad mata lo natural; un exceso de información acaba con el conocimiento; un exceso de opiniones- como las que se dan en las tertulias de los medios de comunicación- acaban confundiendo o disolviendo en espectáculo la posibilidad misma del criterio; un exceso de retórica sobre un concepto evidente acaba transformando esa evidencia en incertidumbre. En fin, la gran Françoise Choay ya diagnosticaba certeramente hace tiempo cómo un exceso de lo urbano- tal y como hasta el presente se ha estado produciendo lo urbano- puede acabar, paradójicamente, con el concepto mismo de la ciudad: la ciudad muere allí donde nace lo urbano. A esta reflexión de Françoise Choay podríamos hacer una apostilla: el urbanismo de hoy ha tenido como sujetos, y a la vez como productos, a una nueva especie: los “urbanitas”… pero no a los ciudadanos. La gran tarea de nuestro tiempo es la recuperación del concepto de ciudadanía entre los escombros de lo urbano.
Y a ello se entrega precisamente Carlos Hernández Pezzi en el libro que hoy presentamos- “Ciudades contra burbujas”- un texto imprescindible porque, desde mi punto de vista, es la actualización, la necesaria puesta al día de aquel otro texto igualmente imprescindible que Henri Lefèvbre escribiera en 1968, el ya clásico “El derecho a la ciudad”, en el que analizaba el papel de la ciudadanía frente a la deshumanizada producción capitalista del espacio urbano en la era post-industrial. Ese derecho a la ciudad necesitaba ser clarificado y reformulado en la ciudad global de nuestros días- la ciudad planetaria- en donde sentimos que se ha producido una auténtica ruptura entre un pasado y un presente hasta el punto en el que lo sobrevenido es considerado como una verdadera mutación. En este libro, Carlos, desde una solidez y coherencia intelectual ajena a cualquier dogmatismo, con el apoyo incontestable de los datos empíricos y verificables, aborda la tarea inaplazable de comprender esa verdadera mutación que, en todo orden de cosas, traducen hoy sobre la ciudad y el territorio los fenómenos interseculares de la globalización, de la mundialización de la economía y la revolución tecnológica, con todas sus inmediatas secuelas que dibujan un mapa de realidades paradójicas: la homogeneización de la sociedad de masas y su reverso, con la afloración de nacionalismos excluyentes, la concentración demográfica junto a las sistemáticas diásporas migratorias, la deslocalización industrial junto a la máxima concentración del poder empresarial, la difícil conciliación entre crecimiento económico constante y el desarrollo sostenible, la coexistencia entre una realidad digital ubicua, interconectada, interactiva y transparente frente al trasunto de un mundo real encerrado en la opacidad de lo que él llama burbujas, de instancias administrativas burocratizadas y refractarias, de espacios y sectores productivos excluyentes e hipertrofiados (como la dramática burbuja inmobiliaria), de sistemas altamente tecnificados de producción cuyo capital es detentado en exclusiva por el Primer Mundo (con el acecho amenazante de los países emergentes), que exige, como su misma condición, la existencia de un Tercero, concebido como la gran despensa o la gran región tributaria del primero, granero de recursos engañosamente ilimitados con que alimentar un sistema de producción cada vez más necesitado de ellos, como una voraz drogodependencia.
Podemos constatar que el sistema occidental de producción, en el marco de una economía globalizada, es de una brutal competitividad que se extiende a las ciudades entre sí, como si de empresas se trataran. Esta perversión ahonda cada día más el abismo entre el Primer y Tercer Mundo, entendiendo por éste no sólo las grandes áreas del planeta normalmente tenidas como tales, sino de ese Tercer Mundo que está en el nuestro, en las bolsas de emigración, pobreza y marginalidad que, como el polvo bajo la alfombra, se oculta en la trastienda de nuestras “competitivas” ciudades, y lo que es aún peor, que estas bolsas sean concebidas como inevitables en la lógica de producción capitalista.
Porque ésta es una de las cuestiones clave que el libro plantea: la reticencia que aún hoy manifiesta el sistema y, al mismo tiempo, la propia práctica disciplinar del urbanismo, en admitir que la crisis planetaria en la que estamos sumidos es una crisis financiera, con una profundidad sin precedentes, sí, pero financiera al fin y al cabo, cuando lo que realmente ha entrado en crisis- en crisis DEFINITIVA- es el modelo de producción basado en el consumo ilimitado de bienes obtenidos por la transformación de recursos y energías no renovables, y su directo correlato en el territorio, en la traducción espacial de ese modelo. Dicho de otro modo, ante la presencia dramática de esa mutación, que es espacial y a la vez productiva, no parece que a nivel político, económico y empresarial nadie se atreva a admitir la relación entre ambas.
Hay otra cuestión clave del libro que discurre entre sus líneas como una corriente, subterránea pero explícita: el triángulo formado por el poder político, el económico y su expresión territorial- tres elementos estrechamente relacionados- ha generado nuevos mitos para ocupar el inmenso hueco dejado por la muerte de las viejas ideologías en las que se cimentó el viejo poder político occidental. Me refiero a aquella cómoda dualidad entre izquierdas y derechas, entre lo uno o lo otro, que nos proporcionaba un abundante arsenal de certidumbres interpretativas para entender un mundo que era relativamente simple, visto desde hoy, por la nitidez de sus perfiles.
Naturalmente siempre hay fanáticos que, como los que niegan el Holocausto, niegan también el cambio climático, la destrucción de la capa de ozono por la emisión de CO2, la desertización del planeta y todos los pavorosos indicadores del deterioro provocado por el actual sistema de producción. Pero lo interesante es revelar cómo, para perpetuarse, el Poder se ha reencarnado en un nuevo mito, en una nueva ideología. Y ese nuevo mito de recambio no es otro que la invocación a la sostenibilidad… pero para seguir produciendo un modelo insostenible. Esto es algo que Carlos desvela lúcidamente en sus páginas. Porque, como hemos apuntado, ha sido la actual crisis financiera, la retracción del consumo y el aumento pavoroso del desempleo lo que ha impulsado ahora una conciencia de sostenibilidad, pero no los escrúpulos por estar destruyendo el planeta. De hecho, como señala Carlos, generalmente las políticas y las mundializadas medidas anti-crisis se han centrado en acudir en socorro del capitalismo financiero y en la precarización del Estado del Bienestar o su recorte, porque, claro, hay que ir hacia un nuevo modelo productivo, faltaría más, pero eso sí, haciéndolo desde las mismas bases culturales y socioeconómicas anteriores a la crisis. Por eso es normal ver que los gobiernos se apliquen a medidas correctoras al final del proceso de producción y consumo, pero manteniendo intocables las causas que dan origen a la degradación ambiental. Es el ejemplo claro de los coches: el coche contamina por las emisiones de CO2 de los carburantes fósiles, luego hagamos coches eléctricos, eludiendo el tema fundamental que es la necesidad de que CIRCULEN MENOS COCHES. ¿Y por qué? Pues porque el modelo urbano sostenible, o sea, el HABITABLE, tiende a la plurifuncionalidad, la proximidad y autosuficiencia de los lugares, de manera que se minimicen los desplazamientos. Uno puede vivir en la globalidad, en un mundo en el que la vida en red, gracias a las tecnologías de la innovación y comunicación, nos ha convertido en seres “biológicamente” interdependientes, pero para no volvernos neuróticos tendremos que concordar la escala del hábitat planetario con la pequeña escala de nuestro hábitat doméstico, desde la ciudad virtual inabarcable a su correlato homotético en la ciudad real, que tiene unos límites comprensibles, inteligibles, anímicamente dominables. Es decir que, aun cuando estemos inmersos en lo GLOBAL hemos de pisar el terreno seguro de lo LOCAL.
Quizás ahí esté una de las ideas más profundas y sugestivas de este libro: de cómo el modelo de sostenibilidad medioambiental, opuesto al intrínseco despilfarro del modo actual de producción, no es algo que se traduzca sólo en sistemas de evaluación energéticos, sino que implica nada menos que a unas formas radicalmente distintas de concebir físicamente las ciudades y nuestros modos de habitarla. Carlos sostiene que la ciudad energéticamente sostenible- la ciudad habitable- es aquella en la que cada lugar, cada barrio disponga de las condiciones de diversidad, de elementos de referencia, de identidad, de compatibilidad de usos, de proximidad en las relaciones cotidianas, de espacios de convivencia y de niveles de autosuficiencia, tanto funcional como energética, propios de la ciudad que en el imaginario colectivo, como diría Jordi Borja, hemos dado en llamar “la ciudad de siempre”, la de las hermosas calles, tiendas, plazas, mercados y jardines. Podríamos decir a este respecto, que a una “ética ecológica”- concepto que no parece estar todavía incluido en ningún código moral- habría de corresponderle una “estética ecológica”.
Pero todo esto no pasaría de ser una bienintencionada declaración de principios si no estuviera sólidamente sustentada en la necesidad de un cambio, también radical, en el modelo económico. Carlos no sólo NO elude esta cuestión sino que la convierte en el eje medular de su discurso. Y este cambio radical en el modelo productivo pasa por adquirir una conciencia generalizada de la rehabilitación, de detener, de aminorar el concepto de producción y abordar lo que mi hija, cuando leyó el libro, se atrevió a denominar con un vocablo acertado: “desproducción”. Desproducción como método para generar riqueza, aunque ello pudiera resultar paradójico. Como dice David Hammerstein en su estupendo prólogo al libro de Hervé Girardet “Creando ciudades sostenibles”, “cuando las amenazas ecológicas se comprenden como un proceso histórico y cultural complejo, también se favorecen las búsquedas de salidas a la crisis del sobre- consumo. Así quizás podamos reconvertir, mediante la innovación y la diversidad cultural, las metas cuantitativas de la sostenibilidad en objetivos de aprendizajes cualitativos socialmente valiosos y deseables”.
Efectivamente- y todo en el libro gira sobre esa idea- el mundo va a tener que encontrar una fuente de productividad en algo tan paradójico como en la “desproductividad”, en arreglar lo desarreglado, en compensar la huella ecológica de las conurbaciones y las urbanizaciones extensivas, en transformar las energías sucias en energías limpias, en rehabilitar lo mal construido, en reurbanizar lo mal urbanizado, en repoblar lo desertizado, acercar lo separado, reintroducir factores de convivencia en los barrios desintegrados, transformar en paisaje los vacíos territoriales… Esto, que podríamos llamar algo así como “el sistema productivo de la regeneración universal”, obedece al principio de lo que Carlos llama “crecimiento hacia adentro”, y puede ser una verdadera industria generadora de riqueza siempre que el sistema se pusiera a la tarea y la sociedad adquiriera una conciencia medioambiental generalizada con capacidad de imponerse e impregnar a sus gobiernos. Es una utopía, pero una utopía realizable porque, además, es INEXORABLE, entre otras cosas, porque está en juego la supervivencia misma del propio sistema capitalista, y, como hemos apuntado, éste se viste de lo que haga falta con tal de sobrevivir, porque ha llegado a ser tan incuestionable como el aire que respiramos. Además, yo creo que las ideas triunfan cuando, después de haber dejado algunos cadáveres en el camino, el sistema se ve obligado a incorporarlas. (Tal vez en la inmolación de los espíritus innovadores y revolucionarios esté la raíz esencialmente romántica del pensamiento de izquierdas, pero no vamos a discutir eso ahora).
Las reflexiones de este libro van dirigidas a un público amplio, ciudadanos, empresarios, políticos y gobernantes, pero muy especialmente, a los urbanistas. Carlos, desde el observatorio de su propia profesión de arquitecto urbanista y sus ocho años al frente del Consejo Superior de Colegios de Arquitectos donde, por cierto, ha ejercido una labor de profunda dimensión social, nada corporativista, denuncia que en nuestra práctica disciplinar sigamos viendo los problemas nuevos de un mundo digital, de ciudades en red, cambiante, interrelacionado y ecológicamente amenazado, con las viejas lentes de un urbanismo anclado en el siglo XX, que no va más allá de los parámetros edificatorios, alturas, densidades, volumetrías y diletantes cuestiones sobre la forma urbana, sometido a un academicismo de manual que apenas oculta su subordinación al despilfarro y su incomprensión de la ciudad actual (la última moda de los teóricos es llamar No-Ciudad a la ciudad que no se entiende). Fascinados como estamos por las maravillas que hacen las infografías con Photoshop, el efecto taumatúrgico sobre el entorno urbano de esos edificios carísimos que los cursis llaman “emblemáticos”, y urgidos por las necesidades de financiar con urbanismo las deudas municipales, hemos olvidado introducir en nuestras metodologías, como parte sustancial de las mismas, sistemas de evaluación ambiental o energética, de habitabilidad térmica, de niveles de ruido, huella ecológica, indicadores básicos de movilidad, sistemas obligatorios de autogeneración energética para las nuevas construcciones, etc.
Termino con la hermosa reflexión con la que Carlos concluye también su libro. Si logramos comprender la nueva realidad urbana (los urbanistas los primeros), si entendemos bien la interactividad inherente a la ciudad digital, a la comunidad digital, a la ciudad de las redes, es posible que ésta pueda acabar teniendo su correlato en la ciudad física. Los espacios físicos de nuestras ciudades podrán ser una transposición o reflejo del espacio interrelacionado, interactivo, flúido, accesible y soberano de la ciudad digital, la indómita ciudad incompatible con cualquier tipo de acotación o burbuja: en suma, un modelo territorial que sea trasunto de la interactividad digital, en el que los ámbitos de convivencia de la red se traduzcan en los ámbitos de convivencia de la calle. Decía Borges que la ciudad está a la espera de una poetización. Pues bien, creo que el camino apuntado por Carlos es una vía larga, pero también la más recta, estimulante, verosímil, esencialmente moderna y, desde luego, la única posible, para lograr ese objetivo.
Muchas gracias a ustedes por su atención y a ti, Carlos, enhorabuena por este libro valiente, lúcido e imprescindible.